La aspirina, uno de los medicamentos más antiguos y utilizados en el mundo, vuelve a colocarse en el centro de la investigación científica. Resulta que hay estudios que sugieren su potencial para prevenir el cáncer, particularmente el colorrectal.
El caso de Rick James, un ebanista británico con predisposición genética al cáncer intestinal debido al síndrome de Lynch. Que ha sido clave para entender este fenómeno.
Tras participar en un ensayo clínico liderado por el genetista John Burn, James ha tomado una dosis diaria de aspirina durante más de una década sin desarrollar la enfermedad.
Los resultados no son aislados. Un estudio con más de 800 pacientes con síndrome de Lynch reveló que quienes tomaron aspirina durante al menos dos años redujeron hasta en un 50% el riesgo de desarrollar cáncer colorrectal. Investigaciones posteriores sugieren que dosis más bajas podrían ofrecer beneficios similares, con menos efectos secundarios.
Además, ensayos recientes han explorado su impacto en pacientes que ya han sido diagnosticados con cáncer. En estos casos, la aspirina podría disminuir el riesgo de recurrencia y metástasis, lo que ha llevado a países como Reino Unido y Suecia a actualizar sus guías médicas para incluir su uso en ciertos grupos de riesgo.
¿Cómo funciona?
El efecto de la aspirina estaría relacionado con la inhibición de enzimas como la COX-2 y la reducción del tromboxano A2. Mecanismos que podrían frenar el crecimiento tumoral y facilitar la respuesta del sistema inmunológico.
Sin embargo, especialistas advierten que no se trata de una solución universal. El consumo regular de aspirina puede provocar efectos adversos como hemorragias o úlceras, por lo que su uso preventivo debe evaluarse caso por caso.
Aunque aún faltan estudios concluyentes para la población general, la evidencia acumulada posiciona a este fármaco como una posible herramienta clave en la lucha contra el cáncer en grupos específicos.




